La excursión de colegio que terminó en tragedia y murieron más de 200 jóvenes

Corea del Sur, a oídos del mundo, es un país repleto de riquezas exorbitantes, la cuna de una de las civilizaciones más antiguas del mundo y, por supuesto, el resguardo de una infinidad de tradiciones culturales, inventos e historias que han ido, poco a poco, dando vida a una nación que surgió de entre las cenizas.

Sin embargo, de puertas para dentro, es un país que guarda una gigantesca herida que aún no sana y que, por lo visto, no se encuentra próxima a cerrar. Ese dolor inaudible, consumidor y asfixiante que, después de ocho años, sigue atormentando a los surcoreanos tiene nombre y fecha, pero ningún consuelo: El naufragio del MV Sewol que tuvo lugar el 16 de abril de 2014.

Cuando es muy difícil, solo tienes que llorar; no hay manera de evitarlo. Nadie, nada, puede consolarte”, relató Kim Mi-ok -para el periódico ‘The New York Times’-, la madre de Ho-jin, uno de los 250 estudiantes de segundo año que perdieron la vida cuando el ferry Sewol se hundió, catastrófica y misteriosamente, frente a la costa suroeste de Corea del Sur.

La catástrofe más traumática de Corea del Sur en tiempos de paz duró tan solo unas horas, pero dolerá para siempre en los corazones de los padres que tuvieron que despedirse antes de tiempo de sus hijos; en la conciencia de los miembros de la tripulación; en quienes indirectamente fueron responsables de la tragedia; y, por supuesto, en todos aquellos que, desafortunadamente, no pudieron hacer nada para evitar el naufragio.

Una excursión de colegio que terminó en tragedia

Súbitamente el ferry empezó a ladearse y a hundirse. Los contenedores empezaron a caer al mar. Fue cuando me di cuenta de que se iba a volcar

Las paredes del ferry MV Sewol en el que viajaban 325 estudiantes del colegio Danwon High School comenzaron a inclinarse en un ángulo angustioso; no obstante, la escena era sorprendentemente tranquila: nadie corría ni gritaba, solo esperaban las instrucciones del intercomunicador que, minutos antes, les dijo que se quedasen donde estaban.

“Súbitamente el ferry empezó a ladearse y a hundirse. Los contenedores empezaron a caer al mar. Fue cuando me di cuenta de que se iba a volcar”, contó, en su momento, el tripulante Eun-su Choi, en diálogo con ‘BBC Mundo’.

Y agregó: “Estaba aferrado al pasamanos. Traté de ayudar a algunos de los estudiantes que se encontraban en la cafetería arrodillados cerca la caja registradora, pero se resbalaban”.

Mientras tanto, el capitán y el resto de miembros de la tripulación intentaban hacer algunas llamadas de emergencia. De acuerdo con la revista estadounidense ‘The New Yorker’, a eso de las 8:52 a. m., un operador le preguntó a un pasajero por la ubicación exacta del barco; sin embargo, este no supo dar respuesta.

Pasaron algunos minutos de zozobra hasta que, a las 9:20 a. m., un oficial de transporte instó a Lee Jun-seok, capitán del navío, a anunciar el inicio del plan de evacuación. Lejos de escucharlo, el dirigente del ferry esperó otros diez minutos más para dar la orden que, según los sobrevivientes, nunca llegó a sus oídos.

“En tanto el barco se volcaba sobre uno de sus costados, la mayoría de las víctimas quedó atrapada en sus camarotes porque el capitán les ordenó por megafonía que no se movieran y esperaran la llegada de las lanchas de salvamento”, relató el diario español ‘ABC’.

Ante la posibilidad de un volcamiento inminente, tanto Lee Jun-seok como 14 miembros más de la tripulación que iban a bordo del ferry decidieron abandonar la nave en el primer barco de guardacostas y dejar al resto de pasajeros a merced de una muerte segura en un acto que no solo quebrantó las leyes marítimas sino los más mínimos ápices de solidaridad y humanidad.

Por su parte, hubo otros pasajeros que, al ver que no llegaban los servicios de rescate, decidieron saltar al mar, uno detrás de otro, con la esperanza de esquivar la muerte; a diferencia de otros estudiantes que obedecieron las órdenes de la tripulación y permanecieron un rato en una fila india dentro de un pasillo del barco que conducía a una salida de emergencia.

De las 476 personas que iban a bordo del ferry, solo sobrevivieron 172 y más de 300 perecieron, la mayoría adolescentes y profesores que realizaban un viaje escolar a la isla de Jeju, ubicada debajo de la Península de Corea, al sur de la Provincia de Jeolla del Sur.

Errores humanos: los causantes de una catástrofe

La codicia y la negligencia habrían sido los principales detonantes de esta tragedia. Tras zarpar del puerto de Incheon -en el extremo noroeste del país asiático- bajo una espesa niebla, el ferry habría realizado un giro muy brusco y, posteriormente, sucumbido ante su carga excesiva.

De acuerdo con las investigaciones de las autoridades surcoreanas, la carga del Sewol rebasaba su límite, pues el propietario había añadido algunas literas adicionales. “En su último viaje, transportaba el doble del límite legal de carga, tras haber vertido la mayor parte del agua de lastre que habría ayudado a estabilizarlo”, de acuerdo con ‘The New York Times’.

Como si fuera poco, las maniobras de evacuación que se pusieron en marcha cuando inició el hundimiento del barco resultaron inefectivas, por no decir inexistentes: el pedir a los pasajeros que se mantuvieran recluidos en los camarotes mientras el ferry se inclinaba, en vez de ser una solución, terminó convirtiéndose en una condena de muerte para los estudiantes.

Entre la opinión pública, hubo una imagen, en especial, que causó indignación. En ella se logra observar al capitán del navío, Lee Joon-seon, saltando en calzoncillos a los brazos de la Guardia Costera, al tiempo que cientos de niños golpean las ventanas en un intento por llamar la atención de las autoridades para ser rescatados.

Si a estas hipótesis se suma la lenta actuación de los equipos de rescate, la deficiente respuesta del Gobierno, la tripulación inexperta y el descubrimiento de irregularidades y actos corruptos que pudieron influir directamente en la catástrofe, el resultado es una tormenta política, social y mediática que no solo hundió un barco, sino la reputación de todo un país.

Una agitación social y política generalizada

El naufragio del Sewol no solo trajo consigo una ola de dolor inconmensurable para los familiares de las víctimas, sino también una agitación social y política generalizada que dividió a todo un país.

Desde los que emprendieron una incansable cruzada para que la verdad saliese a la luz hasta los que buscaron hacer justicia a manos propias y desvelar la cara oscura del ‘milagro económico’ surcoreano, la nación se enfrentó a preocupantes momentos de incertidumbre y desequilibrio, para algunos, impropios de un país tan moderno y desarrollado como Corea del Sur.

A raíz del fatídico suceso, la exmandataria surcoreana Park Geun-hye prometió grandes reformas, desmanteló la guardia costera y afirmó que iniciaría una investigación sobre el incidente.

Tras presenciar el dolor de los familiares de las víctimas y el enfado de la gente, creo que es mi deber asumir todas las responsabilidades y dimitir

Entre otras cosas, las duras críticas de los ciudadanos a la reprochable actuación del Gobierno provocó la renuncia del primer ministro Chung Hong-won, quien dimitió a 11 días del accidente después de asumir toda la responsabilidad en la “mala gestión” del naufragio del buque Sewol.

“Tras presenciar el dolor de los familiares de las víctimas y el enfado de la gente, creo que es mi deber asumir todas las responsabilidades y dimitir”, manifestó Chung en una rueda de prensa pública a finales de abril de 2014.

La conducta del capitán del ferry y el resto de tripulantes tampoco se salvó de ser reprochada y, posteriormente, condenada por las autoridades surcoreanas.

Lee Joon-seok fue declarado culpable de asesinato por el Alto Tribunal de Gwangju y condenado a pagar cadena perpetua al no haber cumplido sus responsabilidades marítimas como dirigente del navío, pues no solo se mostró pasivo en momentos cruciales sino que tampoco dio una orden de evacuación a tiempo.

Por su parte, el resto de empleados del ferry recibió condenas de entre 5 y 30 años de cárcel; no obstante, tras apelar al fallo, hubo algunas que se redujeron considerablemente. Dos trabajadores temporales fueron sentenciados a 18 meses de prisión y el primer oficial de la nave recibió una pena de 12 años de cárcel.

Ocho años después de la tragedia, las madres y, en general, los habitantes de Ansan -ciudad al sur de Seúl de la que provenían la mayoría de pasajeros-, siguen esperando respuestas que apacigüen, aunque sea un poco, el dolor indescriptible que produjo el naufragio del Sewol.

Cuando lo extraño, me acuesto en su cama, abrazo su almohada, huelo su olor y lloro”, contó Kim Mi-ok al periódico ‘The New York Times’ con una mirada desoladora que solo podría entender una madre que perdió a su hijo en las más fatídicas circunstancias.

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