Mar. Feb 27th, 2024

El bosque tropical que se encuentra dentro de un edificio de Nueva York.

Una de las razones por las cuales la ciudad de Nueva York es ampliamente reconocida a nivel mundial es por sus icónicas edificaciones.

Y es que la ‘Gran Manzana’ puede ufanarse de tener varias de las construcciones más icónicas del mundo como el edificio Empire State, el One World Trade Center, el Edificio Chrysler, la Torre Trump, el Rockefeller Center, las antiguas Torres Gemelas, entre otras.

No obstante, Nueva York ha estado resignificando su característica arquitectura durante las últimas décadas y está haciendo esfuerzos para que las nuevas edificaciones tengan un toque más contemporáneo y atrevido.

Es por ello que los nuevos rascacielos han tomado el diseño como un elemento esencial para la renovación de la imagen de la ciudad. Uno de los ejemplos es el edificio sede de la Fundación Ford, el cual es uno de los más grandes ejemplos a seguir en cuanto a la arquitectura corporativa.

Se trata de una edificación de doce pisos, la cual tiene la particularidad de tener un bosque dentro de esta, hecho que ha llamado la atención tanto de empresarios, como de arquitectos y turistas.

El concepto arquitectónico de Ford

En 1963, la Fundación Ford le encargó al arquitecto Kevin Roche y al ingeniero John Dinkeloo idear los planos de su nueva sede en Nueva York. En esas épocas, el edificio de la recién creada Organización de las Naciones Unidas (ONU) fue construido, y al tener dicha edificación cerca, tenía que estar a la altura del diseño y la importancia que la zona de los muelles del East River comenzó a tener.

No obstante, la edificación tenía el objetivo de reproducir en Nueva York los esfuerzos de la fundación para “para recibir y administrar fondos para propósitos científicos, educativos y caritativos, para el bienestar público”, tal como dijo Edsel Ford, creador de la entidad en el acta de fundación.

Al ser una organización sin ánimo de lucro, la fundación tuvo el foco de financiar proyectos cuyos objetivos eran luchar contra la pobreza multidimensional, fomentar la educación, educar sobre los derechos humanos y fortalecer el desarrollo de las artes.

La sede fue finalizada en 1967 y el resultado fue una edificación de poco más de 40 metros de altura, lo cual huye completamente de la imagen de un rascacielos. Su espacio está enfocado en ser un lugar donde el objetivo principal es la interacción de las personas.

No obstante, Roche y Dinkeloo quisieron llevar a la naturaleza, bastante concentrada en el Central Park, hacia el edificio, creando así un pequeño bosque dentro de la edificación y, por lo tanto, dentro del cemento, el metal y el cristal que toda edificación convencional de Nueva York ha poseído hasta el sol de hoy.

La paradoja de que un bosque silencioso se encuentre dentro del caos de la gran ciudad se convirtió en la excusa perfecta para que se pueda interpretar la paz y el contacto con la naturaleza al interior del día a día y el afán que tiene consigo.

El bosque es complementado con un patio que sirve como invernadero en el edificio, el cual se conecta tanto con las oficinas como con el exterior del inmueble gracias a la estructura cristalizada.

Pese a que un rascacielos pueda medir cientos de metros y deslumbrar la vista por su imponente presencia, no son más que estructuras llenas de espacios convencionales apilados uno sobre el otro, haciendo que se pierda un poco ese impresionismo.

Sin embargo, un pequeño edificio de apenas 12 pisos, inaugurado en 1968, sigue funcionando hasta el día de hoy y se ha convertido en uno de los lugares que cualquier turista debería visitar sí o sí en la capital del mundo.

El simple hecho de que un pequeño edificio, de un tamaño comparable a una catedral gótica, pueda llamar la atención en medio de enormes construcciones de cemento y hormigón puede significar una salida de la monotonía que la ciudad puede tener acostumbrados y casi cegados a la mayoría de los neoyorquinos.

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